Guía personalizada
Una guía para acompañarte en tu duelo, sea cual sea tu pérdida.
Si estás leyendo esto es porque has perdido a alguien que amabas profundamente. Y no hay palabras para lo que estás viviendo. Ninguna.
Yo también he estado ahí. El 22 de abril de 2014 perdí a mi hijo Jaume, de tres años, en un accidente doméstico. Y aunque cada duelo es único y el mío no es el tuyo, sé lo que se siente cuando el mundo se rompe en un segundo y a ti te toca seguir respirando.
Por eso, aunque mi especialidad principal es acompañar a madres y padres que han perdido un hijo, también acompaño a personas que han perdido a un padre, a una madre, a una pareja, a un hermano, a un abuelo, a un amigo del alma. Porque el duelo siempre duele. Es un dolor no reconocido, que jamás antes habremos sentido.
Esta guía no viene a decirte lo que tienes que hacer, ni a marcarte plazos, ni a colocarte etiquetas. Viene a acompañarte un ratito. A ponerle palabras a lo que sientes. A recordarte que lo que te está pasando por dentro tiene sentido, aunque nadie a tu alrededor lo entienda.
Léela con calma. Cuando puedas.
Y si en algún momento sientes que necesitas más, aquí estoy.
Un abrazo enorme,
Mónica 🦋
Quiero empezar por aquí, porque es lo primero que necesitas oír.
Todo lo que estás sintiendo, por raro, feo, incoherente o insoportable que te parezca, tiene sentido. No estás rota. No estás enloqueciendo. No estás exagerando. Estás viviendo una pérdida que ha desordenado tu vida por dentro, y tu cuerpo y tu mente están haciendo lo que pueden para sobrevivir a algo que no cabe.
Puede que sientas...
Todo eso es duelo. Todo eso cabe. Nada de eso te hace mala persona. Al contrario: te hace humana. Y lo humano es exactamente lo que se toca cuando se pierde a alguien que se ama.
Nadie mejor para acompañar en el dolor que alguien que lo ha vivido. Sé exactamente por dónde vas.
En nuestra cultura no hay espacio para el duelo. Y menos para el duelo que dura, que se transforma, que vuelve por sorpresa años después.
Al mes de tu pérdida ya te preguntan si estás mejor. A los seis meses te dicen que tienes que pasar página. Al año, si sigues mal, te miran raro. Y tú acabas poniéndote una máscara para poder salir a la calle, para poder ir a trabajar, para no incomodar a nadie.
Esa máscara pesa muchísimo. Y aunque ahora te parezca que no puedes quitártela, quiero que sepas que sí se puede. Se puede volver a respirar sin ella.
Perder a una madre o a un padre no es lo mismo que perder a una pareja, ni que perder a un hermano, ni que perder a un abuelo con quien te criaste. Cada vínculo es único. Cada pérdida remueve cosas distintas. Cada duelo tiene su ritmo.
Por eso, cuando escuches frases como "ya llevas mucho tiempo así" o "tendrías que estar mejor", recuerda esto: el que decide el ritmo de tu duelo eres tú, no ellos. Y no hay un cronómetro.
Hay pérdidas que la sociedad reconoce menos: la pareja de la que no estabas casada, el amigo del alma, el hermano que era casi tu otro yo, el abuelo con quien te criaste. Si tu duelo es uno de estos, quizás sientes que no tienes ni derecho a estar mal. Que otros "lo han perdido más" que tú. Eso es mentira. Un vínculo profundo no se mide por el papel. Se mide por lo que se rompe cuando se pierde.
Si yo soy culpable, entonces hay un orden. Entonces esta pérdida no fue por azar, sino por algo que yo hice o dejé de hacer. La culpa nos da la ilusión de control sobre algo que escapó por completo a nuestro control. Nos protege del caos absoluto.
Pero la culpa, sostenida en el tiempo, se vuelve un veneno. Te aísla, te bloquea, no te deja avanzar. Y sobre todo: no te devuelve a quien has perdido.
La máscara al principio es útil: te permite funcionar, ir a trabajar, cuidar a los tuyos, no derrumbarte en el súper. Pero si la máscara se queda contigo demasiado tiempo, empieza a agrietarte por dentro. Aparecen la ansiedad, el insomnio, los ataques de pánico, las somatizaciones. El cuerpo pasa factura de lo que la mente no puede sostener sola.
Como nadie te entiende, dejas de hablar de tu pérdida. Como nadie te entiende, dejas de salir. Como nadie te entiende, te encierras. Y la soledad, que al principio te protege, acaba siendo tu cárcel.
"Otros han perdido más que yo, no puedo quejarme." "Ella lleva peor lo de su padre y sonríe, ¿qué me pasa a mí?". Comparar duelos es como comparar heridas: no sirve. Cada dolor es el más grande cuando eres tú quien lo vive. Y tu duelo merece el mismo respeto que cualquier otro.
Esta es la más dolorosa. Si me río, le olvido. Si soy feliz, le traiciono. Si vuelvo a vivir, es como decir que no le quería tanto.
Mentira. Estar mejor no es olvidar. Es amar
Antes de despedirme, quiero dejarte cuatro cosas concretas que puedes empezar a hacer desde hoy.
Cuando todo se rompe, lo que sostiene es la rutina. Aunque sea mínima:
Despertarte a una hora parecida cada día, aunque hayas dormido mal.
Beber agua nada más levantarte.
Comer tres veces al día, aunque sea poco.
Salir al menos 15 minutos al aire libre.
Acostarte a una hora razonable, aunque no duermas.
No es superficial. Es supervivencia. La rutina le dice a tu cuerpo que sigues aquí.
La persona que has perdido se ha ido físicamente. Pero el vínculo con ella no muere. Puede transformarse. Habla con ella. Escríbele cartas. Dedícale un rincón en casa. Cuéntale tu día. Pídele señales si te reconforta. Esto no es "vivir en el pasado": es aprender a relacionarte con quien amaste desde esta nueva realidad.
Cada noche, antes de dormir, ponle nombre a las emociones del día. Rabia, culpa, tristeza, ternura, agotamiento, momentos de calma. Sin juzgar. Solo nombrar. Te ayuda a no ahogarte en la marea.
Si en algún momento te ríes, no te castigues. Si un día estás mejor, no sientas culpa. Si por un rato consigues olvidar el dolor, agradécele a tu cuerpo el respiro. Estar bien un rato no es olvidar. Es sobrevivir.
El duelo es un proceso natural. Pero cuando sentimos que nos dificulta el día a día, es importante que sepamos que erá más fácil hacerlo acompañado. Darle lugar a u dolor hará que puedas atraversarlo antes,
Has llegado hasta aquí,
Leer esta guía es un acto de amor hacia ti misma. Te has dado permiso para mirar tu dolor, para entenderlo, para ponerle nombre. Y eso no es poco.
Pero leer no es lo mismo que transitar. Y este dolor casi nunca se atraviesa en soledad.
Acompañarse en el duelo no es debilidad. Es la forma más sana de honrar a quien perdimos.
He preparado un espacio para personas que, como tú, acaban de hacer el test y quieren entender mejor qué les está pasando y qué necesitan.
Es una sesión individual conmigo, online o presencial, de 45 minutos. No es terapia al uso. Es un espacio donde:
Te escucho sin prisa, sin juicio, con toda mi atención.
Te devuelvo lo que veo en tu duelo desde mi experiencia profesional y personal.
Te oriento sobre qué pasos concretos pueden ayudarte ahora mismo.
Decidimos juntas si tiene sentido continuar trabajando o no.
Puedes reservarla en monicalidon.com/claridad. Elige el día y la hora que mejor te vaya. Recibirás un email con todos los detalles.
Quiero que sepas algo, y quiero que lo sepas, aunque nunca lleguemos a hablar:
Lo que sientes tiene sentido. Quien has perdido sigue contigo, aunque de otra forma. Y sí, es posible volver a vivir en paz.
Yo lo he hecho. Y he acompañado a cientos de personas que también lo han hecho. No en el mismo tiempo, no del mismo modo, pero todos han vuelto a respirar.
Si esta guía te ha servido, guárdala. Vuelve a ella cuando necesites. Y compártela con quien creas que también la necesita.
Gracias por confiar en mí para acompañarte hasta aquí.
Con todo mi cariño,
Mónica 🦋
Experta en duelo por la pérdida de un hijo
monicalidon.com | @monicalidonduelo